En los últimos meses, las imágenes de Gaza, Ucrania y el Congo han circulado en redes y noticieros internacionales. Pero mientras las dos primeras llenan portadas, discursos diplomáticos y mensajes de solidaridad, la tercera apenas aparece. La guerra en la República Democrática del Congo —una de las más mortales y prolongadas del siglo XXI— parece no dolerle al mundo.
Desde finales de los noventa, el este del Congo ha sido escenario de una violencia incesante que ha dejado más de seis millones de muertos, según estimaciones de organismos humanitarios, y alrededor de cinco millones y medio de personas desplazadas, de acuerdo con ACNUR. Más de ciento veinte grupos armados operan hoy en la región, disputando territorios y minerales estratégicos como el coltán, el oro y el cobalto: materiales esenciales para fabricar teléfonos, computadoras y autos eléctricos.
Sin embargo, los grandes medios rara vez la llaman “guerra”. Prefieren hablar de “crisis humanitaria” o “conflicto interno”, términos que suavizan su gravedad y despolitizan el sufrimiento. Pero según el Derecho Internacional Humanitario y el Comité Internacional de la Cruz Roja, lo que ocurre en el Congo cumple todos los criterios de un conflicto armado prolongado e incluso internacionalizado: uso sistemático de la fuerza entre grupos organizados, estructuras de mando y control, violaciones masivas a los derechos humanos y la participación de actores extranjeros. Durante las guerras del Congo, entre 1996 y 2003, intervinieron directamente países como Ruanda, Uganda, Angola, Zimbabue y Burundi. Por eso algunos analistas la llaman “la Tercera Guerra Mundial Africana”.
Entonces, ¿por qué no se le reconoce como tal? La filósofa Judith Butler, en Frames of War (2009), sostiene que no todas las vidas son igualmente llorables. Una vida se vuelve digna de duelo cuando su pérdida provoca empatía, indignación o conmoción colectiva. Las estructuras mediáticas, políticas y culturales deciden qué muertes merecen ser lloradas y cuáles se reducen a cifras o a imágenes de fondo. El Congo ocupa el extremo más silencioso de esa jerarquía del sufrimiento.
Mientras las guerras que involucran potencias globales —como Ucrania o Gaza— son narradas como tragedias humanas, las del sur global se describen como desastres naturales o inevitables. Llamar “crisis” a una guerra es también una forma de borrarla. El lenguaje importa: definir un conflicto como “crisis” lo despoja de su dimensión política y lo convierte en un fenómeno distante, inevitable o natural, sin responsables.
Desde la teoría crítica, este silencio no es casual. La invisibilidad del Congo responde a una estructura global de poder. Hablar demasiado del conflicto implicaría reconocer la responsabilidad compartida en su perpetuación. Las corporaciones transnacionales y las potencias del norte global se benefician de los recursos que alimentan esa violencia, mientras las comunidades locales cargan con el costo humano y ambiental.
El Congo es el espejo que el mundo no quiere mirar. Nos muestra que el progreso tecnológico se sostiene sobre la explotación ajena y que la empatía internacional se distribuye según jerarquías raciales, geográficas y económicas. Las guerras que duelen más no son necesariamente las más crueles, sino las más visibles. Las demás siguen ocurriendo, lejos del encuadre, mientras el mundo mira hacia otro lado.

Ingrid Trejo Juárez Colaboradora de Integridad Ciudadana, estudiante de Relaciones Internacionales por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla. @ingriddtrejoo @Integridad_AC
















