Porque estamos envejeciendo, precisamente
El envejecimiento de la población ya no es una tendencia futura, es una realidad presente que está redefiniendo la manera en que pensamos y diseñamos ciudades (entre otras cosas). En este contexto, hablar de urbes amigables para las personas mayores deja de ser un ideal abstracto y se convierte en una necesidad concreta de política pública.
No se trata de adaptar espacios, más bien es replantear el modelo urbano bajo un principio simple: que envejecer no implique quedar excluido. Y para ejemplificar que si se quiere se puede, algunas ciudades han entendido esta urgencia y hoy funcionan como referentes globales.
Tokio (Japón) tiene un sistema de transporte público altamente accesible, con señalización clara, infraestructura sin barreras, además de asistencia constante para personas con movilidad reducida. Otro ejemplo es, Barcelona (España) ha promovido el modelo de “supermanzanas”, recuperando espacios para el peatón e incentivando la convivencia comunitaria; lo que beneficia especialmente a las personas mayores. En Estocolmo (Suecia), la atención domiciliaria facilita que las personas envejezcan en sus hogares con servicios médicos y de cuidados cercanos, evitando el asilamiento institucional.
En lo referente a Seúl (Corea del Sur) su apuesta está en la inclusión digital, con programas de alfabetización tecnológica para que nadie quede rezagado en un mundo cada vez más conectado. Por su parte, París (Francia) impulsa el modelo de la “ciudad de los 15 minutos”, orientado a reorganizar la traza urbana para que las actividades esenciales -trabajo, comercio, salud, educación y convivencia- se encuentren a una distancia accesible a pie o en bicicleta, fortaleciendo así la vida barrial, la proximidad con autonomía de sus habitantes.
Estos casos muestran que una ciudad amigable no depende únicamente de su nivel de desarrollo económico, sino de la intención política y social de colocar a las personas en el centro de las decisiones. Que se subraye que no es un asunto de dinero sino de claridad de prioridades. Decidir si la ciudad se organiza para la velocidad de los autos o para el ritmo de la vida; si privilegia la productividad inmediata o la habitabilidad sostenida en el tiempo.
A partir de esas experiencias, resulta pertinente preguntarse qué elementos deben considerarse para construir entornos verdaderamente habitables para las personas mayores y, sobre todo, qué estamos haciendo, o dejando de hacer, en nuestras propias ciudades para lograrlo. Porque en esa respuesta no solo se juega el bienestar de un grupo específico, sino la calidad del proyecto urbano en su conjunto. Una ciudad que no puede ser recorrida con calma, que expulsa a quienes envejecen o que se vuelve invisible la fragilidad, es una ciudad que, en el fondo, también se vuelve hostil para todos.
Ahí radica el punto de quiebre: en reconocer que el envejecimiento no es un problema a gestionar, sino una condición humana a dignificar. Por tanto, cada banqueta inaccesible, cada transporte excluyente y cada espacio público vacío no son fallas aisladas, son síntomas de una forma de pensar la ciudad. Diseñar ciudades para las personas mayores es, en realidad, diseñar ciudades para nuestro propio futuro. Y esa conversación, apenas comienza.

Dr. Magdiel Gómez Muñiz Colaborador de Integridad Ciudadana, Profesor Investigador de la Universidad de Guadalajara @magdielgmg @Integridad_AC



