Editorial Por Paco Baca.
En México, la palabra desaparecido dejó de ser un término aislado para convertirse en una herida abierta que atraviesa generaciones. No es un número, es un eco que se repite en cada madre que busca, en cada colectivo que escarba la tierra con las manos, en cada expediente que duerme en un archivo sin respuesta. Y sin embargo, el gobierno de Claudia Scheinbaum insiste en rechazar las cifras, como si negar la magnitud del horror pudiera borrarlo de la memoria colectiva.
Los datos son contundentes: más de 130,000 personas desaparecidas desde 2006, con un acumulado histórico que rebasa las 394,000 desapariciones registradas desde 1952. Este año, lejos de mostrar una reducción respecto a la administración anterior, el ritmo se mantiene e incluso se incrementa en varios estados. 46,742 casos carecen de datos suficientes y 43,128 no tienen actividad registrada, lo que revela un sistema de búsqueda paralizado, atrapado entre la burocracia y la indiferencia.
La narrativa oficial habla de cifras “infladas”. Pero los colectivos de búsqueda contradicen esa versión con testimonios, con fosas clandestinas, con la desesperación que no cabe en un boletín de prensa. El misterio de tantos desaparecidos no puede explicarse únicamente por el crimen organizado. La sospecha de complicidad institucional se fortalece cuando el Estado minimiza, cuando se niega a aceptar la dimensión del problema.
El mundo observa con inquietud. La ONU podría escalar el tema a nivel internacional, y México corre el riesgo de ser señalado como un país incapaz de garantizar derechos humanos básicos. La legitimidad de esta administración se erosiona, mientras la sociedad civil denuncia abandono y opacidad.
Consecuencias
- Gobierno mexicano: enfrenta desgaste político y presión internacional.
- Sociedad civil: colectivos y familiares denuncian abandono y falta de transparencia.
- Escenario internacional: riesgo de que México sea exhibido como un Estado cómplice o incapaz.
Colofón
La tragedia de los desaparecidos no se mide en estadísticas, sino en ausencias. Cada cifra es un rostro que falta en la mesa, una voz que no regresa al hogar. El mayor peligro no es el número en sí, sino la normalización del horror.
Claudia Scheinbaum enfrenta un dilema que no se resuelve con discursos ni con negaciones: un país que no puede explicar dónde están sus desaparecidos difícilmente puede sostener su narrativa de justicia y paz. El temor de que la ONU intervenga es real, y el costo político será alto. Porque al final, la historia no se escribe con boletines oficiales, sino con la verdad que tarde o temprano sale a la luz. Y esa verdad, por más incómoda que sea, no se puede enterrar.


