“[…] adiposo vacío de plenitud”.
Byung Chul Han
Salir a la calle no debería sentirse como una apuesta contra la propia vida, y, sin embargo, muchas veces lo es. Vivir en la ciudad significa habitar una tensión permanente. El mismo espacio que nos promete oportunidades, crecimiento y encuentro es también el que, en ciertos momentos, nos expone de frente a la violencia directa.
Hablo en primera persona, lejos de la comodidad de la teoría abstracta. Lo hago desde la experiencia de haber sufrido en carne propia actos delictivos, desde la escucha atenta de testimonios cercanos que se repiten con inquietante similitud, además desde la rutina de encender el noticiero y ver la nota roja narrada con una mezcla de rabia y resignación. Todo esto me lleva a una pregunta inevitable: ¿qué estamos aprendiendo? -si es que estamos aprendiendo algo- lo que sé es que, cada vez que cruzamos la puerta puede estar en juego nuestra propia seguridad.
Sobrevivir en las metrópolis atravesadas por la violencia no puede reducirse a acostumbrarnos al miedo ni perfeccionar rutinas de autoprotección; tiene que empujarnos a reflexionar, con mucha honestidad, sobre la sociedad que estamos construyendo y la que heredarán nuestros hijos en la próxima década. Si de verdad aspiramos a una comunidad de paz, la conversación comienza en casa. ¿Sabemos dónde están nuestros hijos y con quién pasan su tiempo? No desde la vigilancia desconfiada, sino desde la presencia cercana. ¿Hablamos con ellos de respeto, de límites, de empatía, o damos por hecho que la escuela y la calle harán ese trabajo? ¿Les expresamos afecto, les damos un abrazo, un beso? La paz no se decreta únicamente desde el gobierno; se cultiva todos los días en la crianza que forma ciudadanos capaces de pensar más allá de la inmediatez y de elegir, incluso en contextos adversos, no reproducir el daño que ha visto.
La idea de la necropolítica, asociada al filósofo Achille Mbembe, me ayuda a entender algo que intuimos, pero pocas veces nombramos: hay contextos donde el poder decide, de manera directa o indirecta, quién puede vivir con dignidad y quién queda expuesto a la muerte, al abandono o al riesgo permanente. Cuando el delito se normaliza y el Estado se muestra incapaz de proteger, la vida cotidiana se vuelve un terreno incierto. No todos los barrios, no todas las personas, enfrentan el mismo nivel de vulnerabilidad. La violencia tiene geografía y también clase social.
Frente a un acto delictivo, el primer aprendizaje es incómodo. Nuestra vida vale más que cualquier objeto. Puede sonar obvio, pero en el momento crítico el orgullo, la ira o la sensación de injusticia pueden empujarnos a reaccionar de forma impulsiva (nada recomendable). He entendido que sobrevivir implica, ante todo, leer el entorno con rapidez. Si me veo involucrado en medio de un asalto, un narcobloqueo o una balacera, mi prioridad es reducir el riesgo inmediato: buscar resguardo físico, evitar movimientos bruscos que puedan interpretarse como desafío y mantener la calma en la medida de lo posible. No se trata de ser héroes, sino de prudencia.
Otro aprendizaje es la importancia de la memoria colectiva. Cada acto delictivo deja una huella emocional en quienes lo presencian. Callar por miedo solo fortalece la impunidad. Sin caer en imprudencias, documentar lo que se pueda recordar, denunciar cuando existan condiciones mínimas de seguridad y acompañar a las víctimas forma parte de reconstruir el tejido social. La violencia se alimenta del silencio, pero también del aislamiento. Cuando una comunidad conversa sobre lo que ocurre, deja de ser un conjunto de individuos temerosos y comienza a pensarse como red.
Comprendo también que la prevención no es paranoia, sino cultura cívica. Estar atento a los entornos, conocer rutas alternas, evitar zonas de alto riesgo en horarios críticos y compartir información verificada con familiares o colegas no es vivir con miedo, es asumir la responsabilidad sobre nuestra propia seguridad. En ciudades atravesadas por desigualdad y crimen organizado, la ingenuidad puede ser costosa.
Sin embargo, sobrevivir no puede convertirse en la única meta. Si solamente aspiramos en no ser la próxima estadística, renunciamos a la idea de ciudad como espacio de convivencia. La reflexión sobre la necropolítica me obliga a exigir agendas efectivas y gobernantes comprometidos, pero también revisar nuestras prácticas cotidianas. La corrupción tolerada, indiferencia y normalización de violencia verbal que precede a la física. La metrópoli no tiene por qué ser sinónimo de miedo permanente. Aprender de los actos delictivos implica protegernos, sí, pero también incomodarnos lo suficiente como para no aceptar que vivir al filo del riesgo sea el destino inevitable de nuestras ciudades.

Dr. Magdiel Gómez Muñiz Colaborador de Integridad Ciudadana, Profesor Investigador de la Universidad de Guadalajara @magdielgmg @Integridad_AC

















