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La Nueva Escuela Mexicana, viejas pifias, mismos resultados
PISA, el gorro de burro y la misma obra. Palacio habla de limitaciones. México, a media tabla. Una beca vale más que cien pruebas. Cartón de Paco Baca.
Por Paco Baca, Director · Ciudad de México · Miércoles, 9 de septiembre de 2026, 08:00 a.m.

La «Nueva Escuela Mexicana» nació con el disfraz de modernidad, pero en realidad es la misma obra de teatro mal montada que hemos visto sexenio tras sexenio. Apenas ayer nos decían, desde el púlpito de las mañaneras, que la prueba PISA era una conspiración neoliberal para controlar las mentes en blanco de los estudiantes mexicanos. Hoy, los mismos que descalificaban la estadística internacional se atrincheran en el argumento de que «no se puede medir a todos con la misma vara».
El guion es conocido: un burócrata convertido en hierofante populachero, sacando bolsas misteriosas por la puerta trasera de Palacio Nacional, mientras su discípulo «Marx» Arriaga dogmatizaba cada viñeta y cada dicharacho en los manuales escolares. La educación pública convertida en catecismo político, más cercana a la propaganda que al conocimiento.
El desenlace fue inevitable: tras berrinches telenoveleros y trincheras improvisadas, Arriaga salió por la puerta lateral, sin pena ni gloria, dejando tras de sí un legado de páginas adoctrinantes y talleres decadentes. Los padres de familia, con gritos apagados, lograron lo que la razón no pudo: presionar hasta que la congruencia, aunque mínima, regresara a la Secretaría de Educación Pública.
Pero el daño está hecho. México aparece hoy en la mitad de la tabla en resultados educativos, y desde Palacio se insiste en que «ellos tienen otros datos». La suspensión de la prueba PISA durante ocho años fue el equivalente a taparse los ojos para no ver el desastre. Como si prolongar una carrera universitaria de cinco años hasta dieciséis fuera un asunto de «normalidad».
La verdad es lapidaria: una beca vale más que cien pruebas PISA, porque la lealtad política se premia más que el conocimiento. La educación se mide en votos, no en aprendizajes. Y mientras el mundo proyecta el desarrollo infantil hacia la adultez con parámetros estadísticos, México se aferra a la quiromancia mañanera, a la retórica del «pueblo bueno y sabio» y a la incongruencia de un sistema que confunde subsidio con formación.
El resultado es tan grotesco como previsible: estudiantes que reventarían como ejotes tiernos ante una evaluación seria, y una clase política que se esconde detrás del mismo argumento para justificar su mediocridad.
En resumen: la Nueva Escuela Mexicana no es nueva, ni escuela, ni mexicana. Es el mismo disfraz de siempre, la misma pifia reciclada, y los mismos resultados que condenan a generaciones enteras a la mediocridad institucional.
Es cuanto.
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