Política sin vocación: del gobierno a la cancha
Quien asume una responsabilidad pública debe comprender que el poder exige compromiso, vocación de servicio y seriedad en el ejercicio gubernamental. En tiempos dominados por las redes sociales, donde cada gesto se expone y amplifica, la imagen de los gobernantes se vuelve un reflejo directo de su ética pública, revelando tanto sus aciertos como sus omisiones.
En días recientes, el exgobernador de Jalisco, Enrique Alfaro, ofreció un ejemplo elocuente de esta tensión. En una comunicación que pretendía ser íntima y reflexiva, confesó haber perdido el entusiasmo por la política y, por ello, decidió buscar una nueva pasión. La encontró —según su propio relato— en el futbol, al anunciar su incursión como entrenador.
Más allá del anecdotario, el mensaje difundido en redes expone un problema de mayor calado: la distancia entre la narrativa que los políticos construyen sobre sí mismos y los resultados que realmente entregan al ejercer el poder. Alfaro compartió un extenso texto en el que declara: “Hace dos años y medio, cuando estaba a punto de cumplir 50, tomé la decisión de darle un giro a mi vida. Había logrado cumplir todos los objetivos que me propuse en el plano profesional y era momento de plantearme nuevos desafíos.”
El mensaje resulta revelador. Un gobernador, cuya responsabilidad es de tiempo completo, asegura que cumplió sus objetivos personales incluso antes de concluir su mandato, como si gobernar un estado fuera una meta individual y no una obligación pública que rebasa proyectos personales. Si “cumplió todos sus objetivos”, ¿a cuáles se refiere? ¿A su carrera política o a la gestión efectiva de Jalisco? Porque el estado que deja no es un estado que pueda presumir metas cumplidas: desapariciones forzadas, fosas clandestinas, incremento de violencia y negación sistemática de la operación de centros de reclutamiento criminal durante su sexenio.
Más problemático aún es su concepto de “legado”. Alfaro afirma que su historia es “de dignidad, de convicciones y de principios que representan mi legado”. Habla de valores personales como si fueran políticas públicas, se elogia a sí mismo sin explicar qué dejó en términos de seguridad, movilidad, desarrollo social, transparencia o combate a la impunidad. Se jubila de sí mismo, no de la realidad que gobernó.
Y mientras el exgobernador se describe como un hombre que venció adversidades y burlas para perseguir su verdadera pasión —el futbol—, su propio partido celebra su decisión con entusiasmo infantil, como si no entendiera el momento político que enfrenta. En vez de mesura, la clase política de Movimiento Ciudadano festejó el retiro prematuro de uno de sus referentes, sin medir el costo político que eso tendrá para un partido que gobierna Jalisco por segunda vez y que ahora debe rendir cuentas.
Morena, la principal fuerza de oposición, no dejará pasar esta oportunidad. Su estrategia será clara: exhibir el contraste entre el discurso autocomplaciente del exmandatario y los pendientes del gobierno que encabezó. Alfaro se retira diciendo que cumplió sus metas; la realidad de Jalisco dice otra cosa. Y la imprudencia de quienes lo celebran solo alimenta la narrativa contraria: un partido que confundió su gestión con un proyecto personal y que hoy muestra debilidad donde debería mostrar resultados.
En una democracia, los servidores públicos no se deben a sus emociones, sino a un electorado que votó por ellos para resolver los problemas. No es la falta de entusiasmo lo que preocupa, sino la ligereza con la que se presenta como argumento para abandonar la responsabilidad política. La política mexicana enfrenta un desafío serio: evitar que sus gobernantes actúen como propietarios de su cargo y comiencen a entenderse como responsables de una realidad que continúa aun cuando ellos decidan cambiar de vocación.

Iván Arrazola es analista político y colaborador de Integridad Ciudadana A.C. @ivarrcor @integridad_AC
















