Las políticas de Donald Trump, que alguna vez se vendieron como populares y disruptivas, hoy exhiben un desgaste evidente. Los resultados erráticos comienzan a pesar más que las promesas, y los inversionistas lo saben: Venezuela, presentada como un terreno fértil para capitales, se revela como un pantano donde nadie quiere arriesgar su dinero.
La obsesión por Groenlandia, frenada por acciones legales de la OTAN, se convirtió en un símbolo de ambición desmedida y fracaso diplomático. Mientras tanto, países como Reino Unido y Canadá lo señalan abiertamente como un agente desestabilizador, recordando su abandono de la OMS y su alineamiento exclusivo con las políticas del régimen israelí, bajo la narrativa mesiánica de pacificar el mundo antes de levantar un tercer templo en Jerusalén.
En casa, la inflación no cede y la evasión de la justicia se vuelve un tema recurrente. Los archivos de Epstein son la sombra que lo persigue, y las declaraciones temerarias —como bombardear quirúrgicamente partes de México o “liberar” Cuba del comunismo— muestran más desesperación que estrategia. Incluso la posibilidad de declarar la existencia de vida extraterrestre aparece como un recurso para distraer la atención y recuperar encuestas en caída libre.
Mientras ICE despliega campañas de terror contra migrantes y ciudadanos, el país se desequilibra dentro y fuera de sus fronteras. Todo apunta a que el verdadero objetivo es retrasar lo inevitable: la exhibición de documentos que podrían llevarlo a tribunales y al impeachment.
Hoy, la popularidad del presidente está más allá del rating de El Aprendiz. La ironía es brutal: quien convirtió el “despedido” en espectáculo televisivo, ahora enfrenta la posibilidad de que el próximo en ser despedido sea él mismo.
Editorial y cartón editorial por Paco Baca.


















