Editorial por Paco Baca.
El discurso se quiebra cuando la realidad aprieta. Claudia Sheinbaum, otrora guardiana de principios verdes y enemiga declarada del fracking, hoy se ve obligada a desempolvar la técnica que su antecesor López Obrador condenaba como anatema. El mismo López Obrador que gritaba “¡Fracking no!” como si fuera consigna de misa, ahora queda como eco incómodo frente a la necesidad que tiene cara de hereje.
La inoperatividad gubernamental y la urgencia de que PEMEX funcione con tecnología de punta han abierto la puerta a lo que antes era el diablo: inversión extranjera. Los progresistas la vilipendian como si fuera pacto con Lucifer, sin entender que la soberanía no se pierde con reglamentación y control, sino con discursos huecos que se derrumban solos. La llamada “cuarta transformación” se convierte en panfleto acartonado que se deshace al primer soplido de la economía real.
Mientras tanto, el pueblo solo pide que no suba la tortilla, aunque el marcador de la selección nacional en pleno mundial en casa le recuerde que la derrota también se juega fuera de la cancha. La soberanía de papel se arruga ante la evidencia: sin inversión, sin tecnología, sin libre comercio, no hay prosperidad. El discurso desaparece en la confusión, como esas personas que nunca regresan a casa.
El fracking, más que técnica, es metáfora: perforar la roca dura del dogma para extraer la energía que el país necesita. Porque al final, la realidad siempre supera al discurso, y el discurso, como gas atrapado, se disipa en el aire



