Editorial Por Paco Baca.
El Estrecho de Ormuz se ha transformado en un embudo de pólvora. Desde el 28 de febrero de 2026, cuando Irán cerró el paso tras los ataques de EE.UU. e Israel, el mundo observa cómo un corredor que mueve el 20% del petróleo global se convierte en escenario de guerra y diplomacia fallida.

Estados Unidos desplegó destructores y tropas, con tres petroleros dañados en el intento de mantener abierto el tránsito. Irán, por su parte, condiciona la reapertura a expulsar embajadores de Washington y Tel Aviv, mientras amenaza con represalias devastadoras. En paralelo, Rusia y China vetan en la ONU cualquier intento de escoltar buques mercantes, bloqueando la salida multilateral.
En medio de este tablero, la desesperación se mezcla con la megalomanía. Trump llegó a declarar: “voy a destruir toda una civilización”, frase que condensa el cálculo erróneo de un conflicto que costará dinero y vidas, alimentado por las ideas milenaristas de Netanyahu y el falso discurso de que él es el facilitador de la llegada del esperado mesías judío.
La geopolítica se densifica:
- China, India y Arabia Saudita son los únicos con paso seguro.
- Turquía y Pakistán intentaron mediar en Islamabad, pero las negociaciones fracasaron.
- Corea del Norte se suma con apoyo retórico a Irán, buscando proyectar fuerza.
- Rusia y China refuerzan alianzas energéticas y frenan la militarización del estrecho.
El resultado es un tablero donde cada actor juega con fuego: EE.UU. quiere abrir la vía a cañonazos, Irán la cierra con discursos de soberanía, y las potencias emergentes convierten la ONU en un muro de contención. Pero no hay nada escrito, aunque así lo quieran hacer ver los promulgadores de la «demencracia«, que buscan a toda costa, controlar el tablero del juego. No se ve fácil para ninguno de los involucrados por más dinero que EU siga sacando de los contribuyentes descobijando los pies en la madrugada. Sobre todo, que ya hay jugadores que quieren saltar a la cancha, aunque no los hayan invitado. Esto apenas está por empezar y la historia que piensan que ya está escrita, abre otro capítulo que comienza con puntos suspensivos.


















