Editorial y caricatura política por Paco Baca.
El 21 de mayo, Palacio Nacional desplegó alfombra roja para recibir al secretario del Departamento de Seguridad Interior de Estados Unidos, Markwayne Mullin. La presidenta Claudia Sheinbaum lo saludó con discursos de “colaboración bilateral” y “respeto mutuo”. Todo muy solemne… salvo por un detalle: nadie sabe qué protocolo se estableció ni qué compromisos se firmaron. Es como invitar a cenar a un vecino incómodo y luego esconder el menú.
Mullin vino a hablar de fronteras, crimen organizado y cooperación técnica. En el comunicado oficial, todo suena a música celestial. Pero en el país de los abrazos y no balazos, la partitura tiene notas desafinadas: las acusaciones de infiltración del narco en las altas esferas gubernamentales. ¿De qué sirve hablar de seguridad si los invitados a la mesa ya están sentados en el banquete del crimen?
La reunión fue como esas bodas donde todos saben que el novio tiene otra familia, pero nadie lo menciona para no arruinar la fiesta. El protocolo invisible es la mejor garantía de que nada cambie: se firma la foto, se repite la palabra “soberanía”, y se guarda silencio sobre lo que realmente preocupa.
La visita de Mullin fue un acto de prestidigitación política: se agita la bandera del entendimiento mientras se esconde la lista de pendientes. Estados Unidos exige resultados, México ofrece discursos, y ambos gobiernos se abrazan en público mientras en privado revisan las grietas de un sistema que convive con el crimen organizado como si fuera un socio incómodo pero indispensable.

En conclusión, lo único claro del encuentro es que la seguridad bilateral se parece más a un contrato de confidencialidad que a un acuerdo público. Y como buen espectáculo, el público se queda con la foto, mientras el guion verdadero se escribe en tinta invisible.

















