Definitivamente, como México no hay dos. Somos un país tan creativo que, cuando dos niños empatan en una Olimpiada del Conocimiento; y nótese que digo del conocimiento; decidimos que el desempate ya no lo resuelva el conocimiento.
Durante los últimos años, y con la implementación de distintas leyes y reformas a la Constitución para incorporar principios que generen la igualdad sustantiva, parecería que quienes delinearon la convocatoria para la Olimpiada del Conocimiento Infantil 2026, no comprendieron realmente dicho concepto. De la forma más absurda, decidieron que el criterio siguiente ya no fuera una evaluación adicional de desempeño académico, sino el género del participante, sin considerar que, si el objeto es reconocer el conocimiento, el desempate lógico debería ser una nueva evaluación académica que permita identificar a quienes tienen mayores y mejores capacidades.
Creo que no se ha entendido lo que realmente significa la igualdad sustantiva. Esta es la única forma de garantizar que las personas ejerzan sus derechos sin desventajas ni discriminación; que reciban el mismo respeto y valoración por parte de la sociedad; y que se accedan a las mismas oportunidades, tanto en el ámbito educativo como en el laboral, incluyendo una remuneración equitativa por el mismo trabajo.
Este tipo de igualdad busca eliminar los obstáculos que frenan el desarrollo de las personas por razones de género, origen o condición, lo cual no sólo es loable y aplaudible, sino la base del desarrollo de la nación, donde la capacidad y el mérito sean recompensados. Por ello, el Estado obliga a los gobiernos a crear políticas públicas y leyes que permitan nivelar el terreno. Sin embargo, al parecer, a los gobiernos de la llamada “Cuarta transformación”, inspirados en la idea del “90% de honestidad y 10% de experiencia o conocimiento”, se les olvida que, para el desarrollo integral de un país se necesita el 100% de honestidad, conocimiento y experiencia para desarrollar la función que se le asigna.
El problema con este tipo de decisiones aparece cuándo, en nombre del empoderamiento de un grupo, se debilita a otro, debilitando el principio de igualdad de oportunidades por criterios de preferencia. Al parecer, ahora se pretende imponer una igualdad que ignore las habilidades y los conocimientos de cada individuo.
Por eso, a veces conviene ser realistas y entender que uno está mal y ellos bien. Al fin y al cabo, lo importante lo determinan ellos; son mayoría.
Esto me lleva a las declaraciones que en fechas recientes ha hecho la Doctora Sheinbaum sobre reducir la carga de materias en el nivel de bachillerato, impulsar la eliminación de los exámenes de admisión o, peor aún, criticar la dificultad de las evaluaciones diseñadas para seleccionar a los aspirantes más capacitados.
Cuando una administración cuestiona los exámenes de admisión, propone reducir contenidos académicos y ahora incorpora el género como criterio de desempate en una Olimpiada del Conocimiento, uno termina preguntándose: ¿Cuál es el mensaje que se quiere enviar? ¿Que el mérito ya no basta? ¿Que el esfuerzo dejó de ser el principal camino para destacar? ¿O qué?
Lo que más me llama la atención es que la propia presidente con “A” es producto del mérito académico. Nadie le regaló un lugar en Berkeley para realizar su estancia de investigación. Tuvo que acreditar un historial académico sobresaliente, presentar un proyecto serio que convenció a un comité de especialistas de que era la mejor candidata. No la seleccionaron por una cuota ni por un criterio de desempate basado en el género. La seleccionaron porque demostró capacidad, en pocas palabras por el mérito ganado a través del esfuerzo.
Pero lo que es válido preguntarse: ¿Por qué aquello que fue indispensable para construir su propia trayectoria hoy parece convertirse en un criterio secundario cuando se trata de formar a las nuevas generaciones?
La pregunta es real y, para muchos será retórica, ya que esta va más de la mano de una realidad en la que el Estado sigue pensando que es el “Gran Hermano” que vigila, protege y cuida a todos, el único capaz de administrar la riqueza. Lo cual condena el esfuerzo, el estudio de aquellas personas que buscan triunfar y destacar, fomentando el conformismo y la pérdida de interés por la superación personal.
Que quede claro: las acciones afirmativas tienen un lugar legítimo cuando buscan abrir oportunidades donde históricamente dieron barreras. Pero una Olimpiada del Conocimiento, un examen de admisión o cualquier valoración cuyo objetivo sea medir capacidades o desempeños, debe de tener como criterio final aquello que pretende evaluar: conocimiento, preparación y desempeño. Porque si dejamos de premiar el mérito precisamente en los espacios creados para reconocerlo, estaremos enviando a las nuevas generaciones un mensaje equivocado que derrota a los jóvenes antes de haber iniciado.
Hagamos evidente lo que está mal, porque señalar los errores no destruye al país; lo que lo destruye es aprender a aplaudirlos. Y, por supuesto, reconoceremos lo que esté bien cuando exista, aunque tendremos que esperar pacientemente a que la realidad nos de esa oportunidad…

Javier Agustín Contreras Rosales. Colaborador de Integridad Ciudadana AC, Contador Público, Especialista en Instituciones Administrativas de Finanzas Publicas, Maestro en Administración Pública @JavierAgustinCo @Integridad_AC

















