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La Dinamarca tropical que nunca llegó
Nos prometieron Dinamarca y la salud pública quedó más cerca de Juan Rulfo. El IMSS paga mal, desabastece y premia arriba.
Por Paco Baca, Director · Ciudad de México · Jueves, 15 de octubre de 2026, 12:20 p.m.

cartón y editorial de Paco Baca.
Hubo un tiempo en que nos prometieron Dinamarca. Sí, Dinamarca. Ese paraíso escandinavo donde la salud pública funciona, los hospitales tienen medicinas, los médicos trabajan con dignidad y los pacientes salen curados en vez de salir con una receta imposible de surtir. Pero como suele ocurrir en el realismo mágico mexicano, terminamos más cerca de una novela de Juan Rulfo que de Copenhague.
Hoy, en una de las mayores ironías del régimen que juró combatir los privilegios, miles de médicos, enfermeras y trabajadores de la salud sobreviven con salarios insuficientes, enfrentando jornadas agotadoras, hospitales deteriorados y una escasez de insumos que parece haberse convertido en política pública no declarada. Mientras tanto, en las alturas de la burocracia celestial, el director del IMSS, Zoé Robledo, percibe alrededor de 250 mil pesos mensuales entre sueldo y prestaciones, protegido por una especie de blindaje moral heredado directamente de la unción presidencial de Andrés Manuel López Obrador, como si haber sido designado por el gran Tlatoani de Macuspana fuera certificado de santidad administrativa perpetua.
La lógica oficial parece sencilla: si AMLO lo nombró, entonces es intocable. Si el sistema falla, la culpa será de la derecha. Si no hay medicinas, la culpa será de los conservadores. Si se caen los elevadores, faltan anestesias o los pacientes peregrinan de farmacia en farmacia, seguramente habrá alguna conspiración internacional financiada por los fifís unidos del mundo.
Porque en la narrativa oficial nunca existen errores propios. Solo enemigos externos.
Y mientras desde Palacio Nacional se construía el relato épico de la transformación sanitaria, la realidad iba escribiendo otra historia. Ahí están los pacientes con tratamientos interrumpidos. Ahí están los padres de niños con cáncer que fueron convertidos en enemigos políticos por exigir medicamentos. Ahí están las compras centralizadas que supuestamente acabarían con la corrupción, pero que terminaron creando nuevos laberintos burocráticos donde la eficiencia fue sacrificada en el altar de la propaganda.
Las viejas mafias farmacéuticas, los intermediarios favoritos y los grupos de interés simplemente aprendieron nuevas rutas de navegación. Cambiaron las puertas, cambiaron las oficinas, cambiaron algunos beneficiarios, pero los sobrecostos siguieron su ascenso hacia la estratósfera. El negocio nunca desapareció. Solo cambió de administradores y de discurso.
Y entonces apareció la joya de la corona: la famosa Megafarmacia del Bienestar. Aquella maravilla logística presentada como la solución definitiva al desabasto nacional. La respuesta mexicana a Amazon. El Aleph farmacéutico. El almacén místico donde supuestamente existirían todas las medicinas para todos los mexicanos.
La realidad, sin embargo, terminó pareciéndose más a una gigantesca bodega con vocación de monumento propagandístico. Una estructura inmensa que no logró convertirse ni siquiera en lo que prometía ser. Una megafarmacia que muchas veces no funciona ni como megabodega. Pero la historia no termina ahí.
Cada mañana continúa el mismo libreto. Frente a cada cuestionamiento aparecen los fantasmas habituales: la ultraderecha fascista internacional, los conservadores globales, los neoliberales interplanetarios, los medios vendidos, los adversarios de la transformación y cualquier personaje disponible para seguir alimentando una narrativa de resistencia permanente. Es un bucle retórico tan repetido que ya parece una grabación rayada.
Mientras tanto, la realidad insiste en ser profundamente antipática con el discurso. Porque la realidad tiene una costumbre molesta: termina llegando. Y cuando llega, no pregunta por ideologías. Llega a las salas de urgencias sin medicamentos. Llega a las camas vacías de especialistas. Llega a los médicos agotados que sostienen el sistema con vocación y sacrificio mientras observan cómo la burocracia sigue premiándose a sí misma. Llega a millones de ciudadanos que ya no distinguen dónde termina la propaganda y dónde comienza el deterioro.
La situación se vuelve aún más inquietante cuando la respuesta política no consiste en corregir errores, sino en intentar controlar la conversación. Las iniciativas que buscan regular contenidos, limitar voces incómodas o castigar la crítica se presentan como mecanismos de protección democrática mientras profundizan la polarización y la desconfianza ciudadana.
Porque cuando un gobierno comienza a preocuparse más por quien señala el incendio que por apagar las llamas, el problema ya dejó de ser comunicacional. Se convirtió en estructural.
Y quizá esa sea la imagen más precisa del México actual: un enorme globo inflado con estadísticas optimistas, conferencias interminables y promesas recicladas. Un globo sostenido por millones de personas que hacen esfuerzos heroicos para mantener funcionando lo que la política presume haber resuelto.
Pero los globos tienen una característica incómoda. Pueden crecer durante mucho tiempo. Pueden parecer invencibles. Pueden reflejar colores brillantes bajo el sol.
Hasta que alguien, o algo, encuentra el punto exacto donde colocar el alfiler. Y entonces todos despiertan al mismo tiempo.
Porque las medicinas ausentes no se sustituyen con discursos. Los hospitales no se reconstruyen con consignas. Y la realidad, tarde o temprano, siempre termina cobrándole intereses muy altos a la propaganda.
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