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Ciudad de México · Martes, 20 de octubre de 2026

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París bien vale una misa y Francia todo un rosario

París vuelve a encender las alarmas del mundo. La calle pregunta si el capital pesa más que el ciudadano, y la lección que deja es la arrogancia.

Por Paco Baca, Director · Ciudad de México · Lunes, 19 de octubre de 2026, 07:46 p.m.

cartón y editorial de Paco Baca.

cartón y editorial de Paco Baca.

París vuelve a encender las alarmas del mundo. Las imágenes de protestas, descontento social y creciente enfrentamiento entre ciudadanos y gobiernos no son solamente una noticia francesa. Son el reflejo de una crisis de confianza que también asoma en Italia, Bélgica, Albania y buena parte de Occidente también como en Buenos Aires y algunas ciudades de los Estados Unidos.

La paradoja es evidente: nunca los gobiernos habían contado con tantas herramientas para comunicar sus logros y nunca habían estado tan expuestos en sus errores. La tecnología, las redes sociales y la inteligencia artificial han convertido a cada ciudadano en observador, juez y crítico permanente del poder.

Francia conoce bien esta historia. Cambiar educación por armas, no es una buena apuesta. Cuando la leyenda atribuyó a María Antonieta aquella frase inmortal de «si no tienen pan, que coman pasteles», lo que sobrevivió no fue la exactitud histórica, sino el símbolo de una élite desconectada de la realidad.

Tres siglos después, el problema parece repetirse con nuevos disfraces: gobiernos que hablan de mercados, indicadores y estabilidad financiera mientras millones de ciudadanos hablan de salarios, vivienda y supervivencia. Los tecnócratas aseguran que primero hay que tranquilizar a la economía. Los pueblos comienzan a preguntarse cuándo llegará finalmente su turno.

Las calles francesas plantean una pregunta incómoda para todo el planeta: ¿hasta dónde puede llegar una sociedad cuando percibe que el bienestar de las grandes corporaciones y los capitales extranjeros pesa más que el bienestar de sus propios ciudadanos?

La guillotina también ha cambiado de forma. Ya no cae una cuchilla sobre la plaza pública. Hoy aparece como censura selectiva, manipulación informativa, algoritmos que invisibilizan voces incómodas o sistemas políticos cada vez más hábiles para administrar el descontento sin resolver sus causas. El método evolucionó; la sensación de impotencia popular permanece.

Lo que ocurre en Francia no es un fenómeno aislado. Es un síntoma global. La brecha económica crece, la confianza institucional disminuye y los errores gubernamentales se exhiben en tiempo real ante millones de personas. Occidente lo vive con preocupación; América Latina lo observa con familiaridad; el resto del mundo toma nota.

La historia demuestra que los pueblos pueden soportar muchas cosas: crisis, sacrificios e incluso malos gobiernos. Lo que rara vez toleran indefinidamente es la arrogancia. Quizá esa sea la verdadera lección de París.

Los gobernantes modernos no perderán la cabeza como ocurrió durante la Revolución Francesa, pero sí pueden perder algo igual de peligroso: la legitimidad. Y cuando un pueblo deja de creer en quienes lo gobiernan, ninguna campaña publicitaria, ninguna encuesta y ningún algoritmo pueden contener por mucho tiempo la factura de la realidad.

París bien valió una misa para Enrique IV. Hoy Francia reza el rosario completo. Y cuando los ciudadanos empiezan a rezar, protestar y votar con enojo al mismo tiempo, los gobiernos deberían dejar de contar dividendos y empezar a remojar sus barbas.

Porque la historia tiene una costumbre incómoda: tarde o temprano, siempre cobra intereses.

Y cuando detrás del caos, está la «ultraderecha», ahí, se empieza a zanjar la brecha que puede tragarse a todos los que están en la misma vereda.

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