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Ciudad de México · Lunes, 26 de octubre de 2026

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Jogo Bonito

Lula ganó la segunda vuelta en Brasil y movió el tablero de la región. Las urnas votaron por su cuenta. Volvió el jogo bonito, y el partido sigue hasta el silbatazo.

Por Paco Baca, Director · Ciudad de México · Domingo, 25 de octubre de 2026, 10:30 p.m.

cartón y editorial de Paco Baca.

cartón y editorial de Paco Baca.

La geopolítica tiene esas ironías que tanto incomodan a los estrategas de escritorio. Cuando ya reparten posiciones, asignan obediencias y redactan discursos de victoria anticipada, aparece la realidad para recordarles que las urnas, de vez en cuando, tienen la mala costumbre de votar por su cuenta.

El triunfo de Lula da Silva en Brasil representa mucho más que una alternancia en el poder. Es un balde de agua fría para quienes apostaban a consolidar en América Latina una cadena de gobiernos alineados con el evangelio ultraderechista que durante años vendió Donald Trump como si se tratara de una franquicia política de exportación. La receta parecía sencilla: discursos incendiarios, enemigos imaginarios, nacionalismo selectivo y una obediencia casi religiosa a las directrices emanadas desde Washington.

Sin embargo, la región ha decidido mover nuevamente el tablero.

Durante años, medios de comunicación convertidos en departamentos de relaciones públicas del conservadurismo continental, junto a gobiernos ansiosos por aparecer en la fotografía correcta, promovieron proyectos tan rimbombantes como improvisados. Entre ellos destacó aquel famoso «Escudo de las Américas», presentado como una cruzada democrática y que terminó pareciéndose más a una reunión de accionistas nerviosos intentando contener la caída del mercado político regional.

El objetivo era evidente: aislar, debilitar o derribar gobiernos que no comulgaban con la doctrina oficial. México estaba en la lista. Brasil también. Pero la historia, que suele ser bastante más creativa que los asesores políticos, decidió escribir otro capítulo.

Hoy, quienes construyeron su proyecto alrededor de la figura de Trump observan el horizonte con preocupación. Y no es para menos. El otrora todopoderoso magnate enfrenta una disminución significativa de su respaldo político interno. El hombre que prometía ganar siempre comienza a descubrir que las encuestas también tienen sentido del humor.

Más interesante aún resulta observar el nerviosismo de los discípulos tropicales del trumpismo. Algunos construyeron carreras enteras copiando gestos, discursos y hasta rabietas de su líder espiritual. El caso más pintoresco continúa siendo Javier Milei, quien ha elevado la confrontación permanente a rango de política pública y parece convencido de que la diplomacia consiste en insultar a todo aquel que no le aplauda lo suficiente.

Pero la política internacional no se mueve por berrinches.

Mientras los profetas del apocalipsis progresista afilan sus argumentos, las dos economías más poderosas de América Latina, México y Brasil, comienzan a encontrar puntos de coincidencia en materia de cooperación, comercio e integración regional. Un fenómeno que seguramente no figuraba en los planes de quienes imaginaban una América Latina disciplinada, alineada y permanentemente disponible para respaldar intereses ajenos.

La victoria de Lula también fortalece la presencia de Brasil dentro de los BRICS, un bloque cuya influencia global continúa creciendo mientras las viejas estructuras de poder enfrentan cada vez más desgaste. No es precisamente la mejor noticia para quienes soñaban con una región dócil y predecible.

Washington apostó por un resultado distinto.

La apuesta falló.

Y cuando las apuestas fallan, alguien siempre termina pagando la cuenta.

Por supuesto, tampoco es momento para que los progresistas saquen las serpentinas y comiencen el desfile de la victoria eterna. La política se parece mucho más al fútbol que a la religión. Los partidos no se ganan únicamente por tener talento en la cancha. También importa la afición, la estrategia, el ánimo de los árbitros y, en ocasiones, hasta el comportamiento de los dueños del estadio.

La lección es simple: ninguna victoria es permanente y ninguna derrota es definitiva.

Por ahora, ganó el jogo bonito.

Lula envió un centro preciso al área continental. Falta ver si la defensa ultraderechista logra reorganizarse o si termina descomponiéndose ante la presión de los próximos procesos electorales. Las elecciones legislativas estadounidenses serán una prueba importante. Y en la media cancha mexicana, el balón sigue circulando con prudencia.

Todavía queda tiempo en el reloj.

Porque en política, igual que en el fútbol, el partido no termina hasta que el árbitro silba el final.

Y hasta el último minuto... cada segundo cuenta.

Por lo pronto, el «jogo bonito» volvió a la cancha. Y mientras algunos siguen esperando instrucciones desde Washington, el marcador ya cambió. Lo desafortunado para ellos es que la realidad, como el fútbol, no admite reclamaciones después del silbatazo.

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