Editorial Paco Baca
Trump y su tercer tiempo: la broma que no es tan broma
Washington, cena de corresponsales. Entre copas y carcajadas, Donald Trump desliza —como quien suelta un chiste de sobremesa— la idea de ser presidente por tercera vez. El salón ríe, los flashes capturan el momento, y los cronistas anotan con la pluma temblorosa: ¿fue broma, fue ensayo, fue advertencia?
La ironía es que en Estados Unidos la Constitución marca dos mandatos como límite. La vigésima segunda enmienda, aprobada en 1951 tras la larga presidencia de Franklin D. Roosevelt, fue precisamente diseñada para evitar que un líder se eternizara en el poder. Roosevelt había gobernado cuatro periodos consecutivos, y el país entendió que la democracia necesita rotación, no perpetuidad. Trump, fiel a su estilo de vendedor de espejismos, juega con la noción de que las reglas son papel mojado si él decide reescribirlas.
No es la primera vez que un líder coquetea con la eternidad. En Rusia, Vladimir Putin ha convertido la alternancia en un juego de sillas musicales donde siempre gana la misma figura. En China, Xi Jinping borró de un plumazo los límites de mandato, y en Nicaragua, Daniel Ortega convirtió la reelección en rutina. América Latina conoce bien ese guion: Porfirio Díaz en México, que juraba “no reelección” mientras se eternizaba; Juan Domingo Perón en Argentina, que supo regresar como sombra y mito; y más recientemente Evo Morales en Bolivia, que estiró la legalidad hasta que la cuerda se rompió.
En un país que presume de ser la cuna de la institucionalidad, aplaudiendo la ocurrencia de un hombre que ya demostró que las instituciones se doblan cuando se las empuja con suficiente ego. El tercer tiempo de Trump no es un chiste, es un ensayo general.
La moraleja editorial es contundente: cuando un político bromea con el poder absoluto, no está haciendo humor, está midiendo la reacción del público. Y, si la carcajada es amplia, el peligro es real. Porque, en política, las bromas suelen ser el disfraz más cómodo de las ambiciones más serias.
La cena de corresponsales, que debería ser un ritual de sátira contra el poder, terminó siendo un escenario donde el poder se ríe de la sátira. Y ahí está el verdadero riesgo: que la democracia se convierta en un espectáculo donde el protagonista dicta el guion y el público aplaude sin notar que la obra es, en realidad, una tragedia en construcción.
La ironía académica es clara: la Constitución estadounidense fue escrita para evitar monarcas disfrazados de presidentes, y la cena de corresponsales nació para recordarle al poder que no está por encima de la crítica. Cuando ambas tradiciones se convierten en escenario de un chiste sobre la perpetuidad, el resultado es un espejo incómodo: la democracia riéndose de sí misma, mientras el aspirante a eterno sonríe satisfecho.

















