Editorial de Paco Baca.
Resulta que al hijo del expresidente le han dado un portazo en la embajada: la visa, ese pequeño papel que abre las puertas del imperio, se evaporó como si fuera un boleto de feria. Christopher Landau, autoproclamado “Quitavisas”, parece haber encontrado en Andy López Beltrán el blanco perfecto para su espectáculo diplomático. Y vaya que el show está encendido: “¿Están disfrutando?”, preguntó con la sonrisa de quien reparte castigos como si fueran dulces en Halloween.
Andy, por su parte, se apresuró a calificar la medida como “politiquería”. Claro, porque cuando el golpe viene de Washington, siempre es más fácil disfrazarlo de teatro barato que admitir que el escenario internacional ya no aplaude a la dinastía de Macuspana. El PAN, como buen coro de tragedia griega, exige investigar sus cuentas por “huachicol fiscal”. Y mientras tanto, el hijo del exmandatario se envuelve en la bandera de la soberanía nacional, como si la patria fuera un escudo personal contra la aduana.
Lo irónico es que el discurso de Andy suena más a carta de estudiante indignado que a defensa política seria. Invoca a Lincoln y Roosevelt, como si citar próceres estadounidenses pudiera devolverle el pase de entrada. Pero la realidad es más cruel: en el tablero internacional, los apellidos pesan menos que los sellos en el pasaporte.
En resumen, el “Quitavisas” ha logrado lo que pocos: convertir a Andy en protagonista de un sainete diplomático. Y mientras él se queja de politiquería, el resto del país observa cómo el hijo del expresidente descubre que la frontera norte no se cruza con discursos, sino con papeles en regla. Y ahí sí, la puerta menos se la abrirán diciendo que es hijo de su «papi».

















