En la ley de las Audiencias, mejor cambiar de canal.

Editorial Paco Baca –

La Ley de las Audiencias se vende como un derecho ciudadano, pero en realidad es un manual de censura con membrete oficial. Los nuevos lineamientos obligan a los medios a verificar la veracidad de sus notas bajo el llamado “deber de diligencia noticiosa”. En apariencia, se trata de proteger al público; en la práctica, se abre la puerta a que un regulador politizado decida qué es verdad y qué no.

Jorge Bravo, presidente de la Amedi, lo resumió con precisión: antes había un regulador técnico, ahora tenemos un árbitro político. Y Gerardo Flores, del IDET, advirtió que la autoridad está reinterpretando la ley para imponer obligaciones que el Congreso nunca estableció, lo que fácilmente se traduce en censura.

El riesgo es doble: campañas coordinadas con identidades falsas podrían presionar a medios incómodos, mientras que la propia mañanera presidencial podría ser objeto de quejas por difundir información falsa… aunque nadie cree que el regulador se atreva a corregir a la presidenta.

La paradoja es grotesca: el gobierno que acusa a los medios de manipular ahora quiere decidir qué es “verdad”. Como cuando la presidenta ordenó no ver TV Azteca mientras cantaba los goles desde su pantalla de video después de Martinoli y el Dr. García: paternalismo puro, disfrazado de protección.

El oficialismo llega tarde al juego digital. Mientras intenta controlar la televisión y la radio, la conversación ya se mudó a la inmediatez de las redes sociales, a los trending topics y al big data que define percepciones virales. El pueblo “bueno y sabio” ya no espera sermones oficiales: consume, comparte y cuestiona en tiempo real.

La Ley de las Audiencias no es un derecho, es un retroceso. Es la conversión de la pluralidad en monólogo, de la crítica en propaganda y de la información en sermón oficial. Y la audiencia, que reflexiona entre medias verdades y hashtags, sabe que si el gobierno decide lo que vemos y escuchamos, la libertad de expresión ya no es un derecho, sino algo más parecido a un gol anulado por el árbitro de la censura.